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lunes, 18 de noviembre de 2013

Lejos

Aciguatada por el ayer,
por un nauseabundo tal vez.

En revuelques y tragedias volví a nacer.
De tu mano como el ave que nutre mi ser,
como el jolgorio que embellece la embriaguez.
Como la siniestra médula que reprime y no deja ser.

Quisiera arrepentirme de un después
y no enloquecer con los supuestos.
(que en regalos envuelvo al parecer)

domingo, 10 de noviembre de 2013

Fúnebres palabras que dan vida

Violento robo acaecido una madrugada de noviembre, donde revoloteaba la niebla por las calles, y la pálida humedad acaecía en el mismo instante en que mis ojos se entregaban al destierro mismo. Al destierro de la indeseada condición de sentirme vulnerable y responsable de esta situación. Situación poco efectiva, poco atractiva y poco deseada, pero lo que carece de efectividad, de atracción y de deseo es justamente lo que mas cuesta encuadrar (por los sortilegios que esconde tras la pereza y el poco entusiasmo).
Si de entusiasmo se trata, volcaré en el lo mejor de mis días. Pero todo se transforma en una crueldad cotidiana cuando me someto a la terrible nostalgia de saber la responsabilidad y el compromiso en el cual se encuentra el entusiasmo.
De nada sirve adueñarse de la primavera si de ésta nos vamos a olvidar cuando nos pertenezca el otoño.
Lo nómade y lo estable es una ambivalencia pero dentro de cada uno de ellos se encuentra la dichosa magia del reencuentro de ambos. El reencuentro al cual nos entregamos, considerando que una despedida dura lo mismo que un atardecer y que en el amanecer esta la nostalgia.
Sin enriedos, sin conflictos, sin preguntas, nada valdría realmente la pena.
Porque sí, detrás de la angustia y del encierro, de la congoja que se somatiza en dolores desquiciados en el centro de nuestro cuerpo esta el no promiscuo y real aprendizaje. El aprendizaje que se desprende tras la práctica (en el cual la teoría de indiscutibles libros se deshace), tras los errores, tras los reconocimientos de los errores. Tras el convencimiento de caernos, de quebrarnos, de realizar un quiebre para transformar. Para transformar eso de lo cual muchas veces leemos pero no tocamos.
El quiebre no existe si se carece de compromiso. Nada existe sin compromiso.

martes, 22 de octubre de 2013

Querido, ¿me oís?

Aguárdame un segundo, querido. ¿Seguís ahí? Ay! Es que se obnubila la madrugada, en realidad casi madrugada, porque todo forzosamente se desprende de los matices diurnos mediocres y en instantes ilusorios la mirada se rehúsa a reutilizarse, a... vos sabes, a la cotidianidad a la que esta relegada. Querido, ¿estás ahí? ¿me escuchas? Mis sinceras disculpas, te ofrezco; pero, oíme, ¿me oís?. Bueno, quizás lo recuerdes, pero ya es de madrugada, querido. La noche apesta como todas las demás. El cielo, ay, el cielo, no es el mismo ¿sabes?. Ya esta harto él, esta harto de que le dediquen poemas y aforismos SUPERFLUOS querido, ¡superfluos! Carentes de realidad. Es que esos escribas flamean ser eruditos, pero oíme querido, ambos dos sabemos que los escribas no comprenden, y no quieren comprender, la terrible e indeseada condición a la cual relegan al pobre cielo. Le escriben furtivos y abominables palabras para teñirlo de mierda. Con la misma rapidez que en una sala de estética contemporánea. Ay! Mis disculpas hacia ti, querido... una vez más. Es que los escribas despiertan en mi el más profundo de los odios, si supieras...
Es de madrugada, ya, querido. Creo habértelo dicho antes, pero.. pero no llegaste. Lo he de comprender, que el tráfico, que la lluvia, que la muchedumbre, lo comprendo, sí. Pero querido, es de madrugada. ¿Qué hago yo acá ahora? Recae sobre mi la luz blanca de la lamparita que titila, ay querido! Si se acaba la luz, ¿qué haré?. Imposibilitada a caminar por la inescrupulosa oscuridad tendré que morir, si querido. No quedará opción. Si camino a buscar velas me caeré, y rodaré. Si, me quebraré los huesos, ay querido! Ya siento en mis entrañas el dolor, pero no... No pasará ello porque tu vendrás, y de lo contrario, jamás caminaré. Si el camino es viscoso y negro, jamás caminaré. Lo prometo, querido. Sólo esperare a la muerte, aquí, sentada, sola. Porque tu no has llegado (todavía).
No, no hables, calla. No te perdonaré. Querido, ¿acaso sos mi asesino? La noche adentrada, la lamparita titila aún, tu me estas matando...
Y el cielo, y los malditos escribas, y la oscuridad, y es que son demasiadas cosas, querido. No sé si podré.
No me mates, te lo ruego, por favor.
Aguarda, aguarda un segundo querido. Escuché un ruido. Acaso, ¿sos vos? El paso tranquilo, son tus botas querido, subiendo las escaleras. Sos vos. Ahí te veo. Que bueno que haz llegado, la lamparita sigue titilando, pero ya nada importa porque las escaleras no te han defraudado y haz podido subir cada escalón con la misma tranquilidad de siempre, primero el pie izquierdo, sí. Y luego el derecho, claro. Oigo rechinar tus zapatos, sí, son tus zapatos de gamuza, querido. Ahí, te escucho, te escucho cada vez mas cerca. Te veo, te siento. Estas a poco metros de mí. Pero no me ves, querido. No me ves. Una absurda puerta poblada de rutinas y enojos nos separa, la misma puerta que alguna vez se abrió para que tu entraras. Ay, recuerdo ese día con tanta precisión, que por momentos siento que esta ocurriendo ahora mismo. Tu me habías tocado el timbre, y yo abrí la puerta. Ay! Que bello estabas, querido. Me preguntaste si tenía luz. Siempre prensando en mí. Sabias, en el fondo, sabias, y bien que sabias, que la oscuridad me aterra, que me produce nervios e histeria. Lo sabias y por eso acudiste a mi llamado, casi inmediatamente. Y ahora, querido. Te alejas, te alejas con la misma soberbia con la cual llegaste y te fuiste. Buscaste en tus bolsillos las llaves con la misma tranquilidad con la cual subiste las escaleras, las posaste sobre el cerrojo, giraste dos veces la muñeca y abriste la puerta. Escuché los gritos de tus hijos, sí. También el beso de tu mujer. Pero no importa, querido. Yo estoy aquí esperándote, esperándote como siempre. Porque, querido, sabes muy bien que detrás del cerrojo de mi puerta están mis ojos contemplándote, cada madrugada. Pero mañana, por favor, no te tardes... Porque moriré, si la luz titila y la noche se obnubila y vos, querido, no regresas, yo moriré.

Viaje II

Agonía lenta y letal al saber que el fuego sigue quemando y en sus brasas se deshace lo que alguna fue fue leña, rama, árbol, vida. El dibujo se genera sin premisas con demonios inconscientes en el ardor del naranja y negro.
El tocar implica quemar y destruir. El rozar, tranquilidad.
No seamos inoportunos y promiscuos en los sentimientos. Por favor.
Discernir. Aprender a discernir el interés del amor, las ganas de la paciencia.
El amor sin tapujos, sin eternidad.
Permanente, sin más. En el instante en que transcurre.

Viaje I

Locura y metáfora en eso que se pasa y a veces vuelve.
Sí, lo efímero que deviene con la ilusión plástica de la noche.
Caen las hojas, y vuelven a remitirnos esos muertos que se muestran en el fuego.
Introducible es la tranquilidad al traspasar el panal de abejas.

Austera cama en madrugada eterna.
Respiración certera.

Entre el aloe vera y cebollas transgénicas,
volvemos a nacer.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Irreversible condición humana de luchar

Reflexiono y luego de arduas dudas, de ensamblajes sin destino, y de desdeñables tardes frías: logro suscitar al sueño con cierto pudor.
De duro papel y entramados ilegales, poso mis viejos remordimientos sobre la tinta y recuerdo al calor del verano como a esa inexplorable ráfaga de luz que muchas veces no nos deja dormir.
De la acumulación interna y progresiva de ira es el porqué nacen estas lineas, de violencia hecha incomodidad, de imposibilidad adiestrada, de errores cometidos que se vuelven a cometer, una y otra vez...
De las irreversibles ganas de gritar lo que en verdad debo callar.
Mis pensamientos -y transpensamientos- se mezclan en un cockail certero de veracidad, de ansias y reiterada hostilidad. Pero no es por ello por lo cual decidí abandonar la lectura y desempolvar este cuaderno para retratarme en él.
La causa es ajena a cualquiera sensación inherente a la individualidad. He aquí las consecuencias, una gran torre de palabras:
Lejos de juzgar a las desiciones que no me han de necesitar, esbozo lo que pienso y lo digo. Las mañanas, algunas novedosas, otras asquerosamente rutinarias, se bañan de la fragancia putrefacta que denota (sin invitación) el televisor. Tras los tickets de compra y los recibos de sueldo (si es que existen) se esconde la indeseada condición de sentirse humano (demasiado humano), pero pequeño e insignificante frente a la sociedad que amenaza y no escucha.
Porque todo pide y uno frente a la necesidad de pedir, cada día, pide un poco más. Ya no importa qué pasará. El qué dirán se reduce a la factura que hay que pagar y a la cena de mañana que escatima con hacerse presente. ¿Qué realmente podría salvar a la condición humana (demasiado humana) para no sumergirse en los narcóticos colectivos que se consumen sin siquiera elegirlos? ¿Cómo abatirse contra el gran imperio si acecha al bolsillo, al corazón y el pensamiento? ¿Cómo mirar y agraciar a la luna, al buen día de sol, si cae la noche y la angustia por verse relegado a la condición humana (demasiado humana)de no poder seguir porque el dinero lo dispone?
Lejos de evocarme sobre una única razón, considero que el remedio infalible es la militancia social. No me refiero, únicamente, a hondear banderas políticas. Sino la necesidad humana (demasiado humana) de comprometerse con dignidad y esmero a una causa social.

La única forma de combatir la miseria propia es sintiendo la ajena, y luego sentirse partícipe de una lucha común para lograr cambiar, en primera instancia, nuestra propia condición humana (demasiado humana).

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Inventario

Desprendo mezclas de inquietudes cotidianas, y con ellas el café de la mañana, la lluvia en la noche, el desprecio borracho sin respuesta, la nostalgia de lo que podría haber sucedido, la sensación de sentirse en el lugar indicado, el terror al rechazo, la sinceridad de una despedida, el dolor por el ser querido muerto, el segundo que transcurre antes de caernos, la angustia de verse sola en la multitud, el trágico instante en el que sentimos propio lo ajeno -y la imposibilidad de acercarnos a lo que deseamos-, el terror a ser evaluado, el poder de la palabra, el silencio de la madrugada, el desvelo, el sabor a al muerte, el inescrupuloso minuto que derrocha agonía cuando entendemos que nada es lo que pareces y la inquietud de ser rizoma y no la calco-manía de un ideal.